Autor: Pablo Guerra

Hay cierto consenso en atribuir a la particular sensibilidad de los sesenta el origen del movimiento de comercio justo o fair trade. Para entonces, la I Conferencia de la UNCTAD (Ginebra, 1964), escucha el reclamo de los países del Tercer Mundo, poniendo en escena las variables del comercio, antes que la ayuda humanitaria, como la forma más digna de avanzar hacia mayores niveles de desarrollo. Mientras ello ocurre, ciertas organizaciones sociales europeas comienzan a operar en concreto en materia de comercialización, buscando ese ansiado precio justo, ya no por medio de debates éticos y filosóficos como los que operaron incluso en medio del mismísimo Concilio Lateranense (1179), sino por medio de fórmulas que permitieran articulaciones entre productores asociados, organizaciones de comercialización alternativas y consumidores responsables. Nace de esta manera un notable movimiento que hoy reúne miles de Tiendas sobre todo en Europa y Norte América, generando millones de dólares de comercialización, y perspectivas seguras de crecimiento para los próximos años.

Sin embargo, no todo es cuestión de crecimiento económico. Como movimiento alternativo que es, el comercio justo sabe que el grado de eficiencia de su misión difícilmente pueda medirse por los indicadores usuales en la economía tradicional. Llegada una etapa que confirma cierto éxito en algunas de sus prácticas usuales, no resulta llamativo que exista entre los principales líderes europeos del sector, una extraña sensación de pérdida de aquella mística que acompañó a los pioneros 30 años atrás.

Ciertas piedras en el zapato del movimiento deben formar parte de un balance detenido: la lamentable certificación a productos de multinacionales que utilizan una bandera progresista como mera estrategia de marketing, es sin duda la principal crítica que han debido soportar. Pero hay otras que no dejan de ser significativas: la mayor ponderación de la calidad de un producto con respecto a las dimensiones sociales de un emprendimiento con la excusa que el cliente europeo solo consume productos de excelencia; el insuficiente impacto en términos de transformación de las estructuras empresariales beneficiadas; el escaso margen que aún con todos los esfuerzos, termina recibiendo el productor del tercer mundo con respecto al precio que paga el consumidor final en las Tiendas; o la escandalosa situación que supone el hecho que los Estados del norte reciban por concepto de impuestos en algunos casos más dinero que el que recibe el productor en el sur (1) .

Con los ojos de quien viene cooperando en la tarea de construir economías solidarias en el sur del mundo, sin embargo, la principal dificultad que encierra el comercio justo no tiene relación con estos hechos, sino con un asunto más fundamental. A nuestro criterio, la mayor dificultad consiste en que el comercio justo fue creado y desarrollado con una visión muy paternalista y a pesar de los esfuerzos en contrario, también fuertemente euro-centrista.

En otros términos, digamos que el Comercio Justo debe progresar desde una concepción altruista a una más solidaria. Aún cuando no dejamos de creer que el altrusimo es parte fundamental del comportamiento solidario, somos de la idea que una forma más virtuosa de entender la solidaridad en el campo socioeconómico (el sentido etimológico va en nuestro auxilio) es vincularla en este caso a relaciones inter pares, basadas en la ayuda mutua y en la reciprocidad. En otras ocasiones me he referido al papel económico de este tipo de relacionamiento. (2) En esta ocasión solo vale señalar que deberíamos rescatar la mística del comercio justo, por medio de un relacionamiento diferente, con principios y reglas de juego repensadas y redefinidas en conjunto.

En este sentido quisiera proponer tres caminos concretos que pudieran ayudar a la necesaria tarea de repensar este movimiento. Uno de ellos tiene que ver con la necesidad de articular al comercio justo con el movimiento de la economía solidaria en el sur del mundo, generando sinergias, permitiendo trabajos en red, y sobre todo, incorporando en los emprendimientos que actualmente se vinculan con el comercio justo, los principios, actitudes, racionalidades, e instrumentos que caracterizan a la economía solidaria. Dicho de otra manera, los emprendimientos apoyados por el Comercio Justo deberían dar un paso más con respecto a cierta ética de mínimos que resulta insuficiente en este momento para incidir a favor de cambios más claros a favor de una economía justa.

Un segundo camino tiene que ver con el desarrollo de la archiconocida lógica sur ? sur, pero comenzando con el fortalecimiento de Tiendas a nivel local, nacional y regional. Nuestros países del sur también se deben una mayor concientización en materia de consumo responsable. No es admisible que los únicos potenciales consumidores responsables estén al norte. Pero junto con estimular estas campañas en nuestros países, debemos comenzar a generar circuitos económicos solidarios a escalas más regionales. Un buen ejemplo en la materia, es la constitución el año pasado del Espacio Mercosur Solidario, que reúne a las redes de economía solidaria del Cono Sur de América Latina, con el objetivo no solo de coordinar acciones, sino además de comenzar aunque sea a nivel simbólico un intercambio de bienes bajo los parámetros de un comercio justo.

En tercer lugar la lógica ?norte ? sur? debe ser también ?sur ? norte?. Si la intención es superar el paradigma paternalista, entonces deberíamos incorporar la reciprocidad y comenzar también a intercambiar nuestros productos. Sería deseable que en el futuro próximo, y a manera de simple ejemplo, así como encontramos cacao del notable emprendimiento Maquita Cuschunchic en las Tiendas del Norte, también podamos encontrar un buen aceite de oliva elaborado por cooperativas sociales de Italia o España, en nuestras Tiendas del Sur.

En noviembre del año pasado tuvimos la oportunidad de exponer en los Estadios Generales de la Solidaridad y Cooperación Internacional (Roma, Noviembre 2006) algunos de nuestros puntos de vista. Lo hicimos con la convicción que la cooperación internacional debe redirigir sus miradas hacia experiencias tan esperanzadoras como las que está viviendo la economía solidaria en América Latina. Lo hicimos además, convencidos en que el viejo lema Trade not Aid, peca de excesivo antagonismo: más bien es necesario encontrar fórmulas de ayuda basadas en aspectos de economía solidaria y comercio justo. El Fair Trade tiene en este sentido, un gran papel que desempeñar. Ciertos cambios como los sugeridos, seguramente cooperarán de mayor forma a conseguir esos sueños compartidos.

Notas

(1) Para evitarlo podría crearse un fondo de promoción de la economía solidaria y el comercio justo en el sur, basado en los ingresos generados por los impuestos cobrados al consumidor final en las Tiendas de Fair Trade.

(2) Cfr. Guerra, Pablo: Socioeconomía de la Solidaridad, Montevideo, Nordan, 2000.

Pablo Guerra es profesor en Economía Solidaria de la Universidad de la República, Uruguay. Ha sido promotor de numerosas iniciativas de economía solidaria en América Latina. Mail: pguerraimc@yahoo.com